A veces, se me da por escribir una que otra historia. Esta se encuentra escrita en primera persona y tiene apartes de cosas que alguna vez sucedieron en mi vida, hace más de 4 años.
Mi nombre es Gabriel y tengo una historia para contar. Hace tres años estuve saliendo con Sara. Ella fue quizá la primera mujer, que conozco en esta ciudad, que se atrevió a poner de un lado el tabú femenino por el cual las mujeres maquinan un teatro invisible para atraer al tipo que les gusta y, en lugar de eso, le habló a todo aquel que conociera sobre mi existencia y sobre su deseo de conocerme, tanto que su deseo llegó a mis oidos y me dejé llevar por la curiosidad que me generaba tan misteriosa y atrevida -en el buen sentido de la palabra- mujer.
El día que la conocí no fue mera coincidencia; todo había sido planeado para el encuentro, aunque no por ninguno de los dos. Sara me esperaba sentada en una banca de piedra de aquella plazoleta por la que solía observarme mientras pasaba. En ese momento la banca había quedado oculta detrás de una tarima que se había dispuesto para un concierto de Jazz. Tenía sus manos puestas bajo sus piernas, como si quisiera calentarlas un poco, ya que era una noche un poco fría. Su pelo negro le caía sobre unos ojos color miel profundos, cuando volvió su cara ante unos pasos que se acercaban. A unos pocos metros venía yo, con paso tranquilo; como si la conociera desde antes, me acerque y la saludé.Todavía me pasaban por la mente pensamientos que tenía desde que supe de su existencia y de su deseo de conocerme. No vivía tranquilo; mientras caminaba por algún sitio de los que solía frecuentar, me llenaba de curiosidad de saber quien era aquella aquella misteriosa mujer que decía sentir una gran atracción por mi y buscaba una mirada atenta, tierna, expectante a su encuentro con la mía para, quizá, brindarme una sonrisa y quedar grabada en mi memoria como lo han hecho miles de miradas, confirmando que cada persona, con quien uno se mire fijamente a los ojos por un instante, queda siendo parte de la vida propia para siempre. Soñé por noches con el encuentro, con el primer saludo, si le daría un beso o en la mejilla o haría un saludo político con apretón de manos.
Pero entonces regresemos al momento del encuentro. Sara volvió su cara ante unos pasos que se acercaban, la gente nos miraba a los dos como esperando nuestras reacciones ante el primer saludo; Sara me miró pero no dibujó ninguna expresión en su cara. Yo me acerqué mirándo sus ojos color miel con pestañas crespas y negras, mi expresión también estaba congelada quizá por el nerviosismo del momento o por la emoción del final de la espera. En un momento creí que me había equivocado de persona y desdibujé cualquier expresión de mi cara, sin embargo Sara, que ya me conocía estiró su mano y sonrío y me dijo: Hola, ¿como estás?.
A primera vista, a pesar de su saludo, Sara me pareció una niña un poco tímida, al punto que no alcanzaba a creerme del todo el cuento aquel con el cual estuve en vilo durante casi un mes y por el cual caí en la verdadera cita a ciegas que cualquiera de los que conozco haya podido tener, de veras me sentí en una película. Comencé a pensar que había sido tal mi expectativa, que Sara no la había llenado y, de repente, me encontré caminando a su lado escuchando una conversación en la cual no estaba inmerso y fijandome en el detalle más mínimo que pudiera disminuir mi interés en ella; sin embargo me deje llevar y terminamos caminando por más de media hora en dirección hacia un parque para, posteriormente, buscar una mesa en algún rincón de un bar en el cual quedaríamos completamente solos y aislados para conocernos mejor. Sara resultó ser una conversadora entretenida, aunque no llena de elementos mágicos y atrapantes como para decir, al final de la noche, que había quedado cautivado por ella y por todo el aura que la rodeaba. Aun así, generó en mí cierto interés por volvernos a ver y la acompañé a su casa, tomamos un taxi esta vez.
Cualquier otro tipo de mi edad no se habría conformado con acompañarla y dejarla ir sin aprovecharse de la situación y besarla al momento de despedirse para sellar, así, el éxito del encuentro y dejar más encantada a Sara, quien, seguramente, estaba esperando el momento en que Yo, objeto de su afecto, deseo, atracción, etc., hiciera aquel movimiento de acercamiento que puede cambiar el rumbo de la situación, llevándola de un encuentro momentaneo a un viaje en el que dos pueden volar y escapar por horas, días, meses y, en muy pocos casos, años interminables. Yo la abracé, esperaba un despliegue de energía cósmica que me dijera que estaba siendo un tonto al dejarla ir así simplemente; sus brazos me rodearon de una forma cálida pero sin comunicar ningún tipo de emoción; yo le dije que había sido encantador conocerla y que quería seguir viéndola, posterior a eso me fui caminando de espaldas, como sin querer dejarla del todo y como si no deseara volver a mi casa. Mis pensamientos se dirigían ahora hacia la planeación de una próxima cita; me perdía por momentos en mi ego renovado e inflado y en las miles de posibilidades que tenía el futuro próximo con Sara, la intriga que generó en mi su coraje y hasta me imaginaba cómo iba a ser cada situación del futuro próximo. Me imaginé como su novio, me asusté.
Mi cabeza, antes que el resto de mi cuerpo y mi pensamiento, se dispuso en un viaje lunático, en el que dió vueltas pensando y pensando, anticipandose. Por momentos quise no haber conocido a Sara, ya que no había sido tanto como yo esperaba; en alguno otros, me decía que era una buena oportunidad. Decidí no pensar más por el momento; adelantarse a los hechos no es bueno y, por eso, esperé cada momento adecuado. Mucho estaba por venir en la experiencia que marcó y cambió mi vida.
viernes, 10 de agosto de 2007
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