Pasó una semana, Sara y yo ya nos encontrabamos con frecuencia; supe que siempre había estado ahí invisible a mis ojos. Miradas iban, miradas venían. De forma inconsciente, me involucré en un juego de miradas con ella, que resultó en mucho más de lo que me imaginé cada vez que nos encontrabamos y siempre generaba una sensación diferente en mí. La trama atrapadora de sus historias me hacía viajar por horas y me sumergía en las mejores conversaciones que pude tener en ese entonces.
Sara, a diferencia de las mujeres que han pasado por mi vida, tenía un encanto especial al hablar; era perfecto como sus palabras fluían y se organizaban de manera que escondía sus encantos y sus coqueteos detrás de las frases más simples. Yo, que al principio creí dominar el arte de encantar con el habla, me di cuenta que ella era una competencia digna y me dejé llevar por su juego. Aquello me recordó que aun faltaba mucho por conocer de ella; el convencimiento de la primera vez que nos vimos había desaparecido y por momentos me hacía pensar que era yo quien hizo casi todo para conocerla y ahora me encontraba tratando de conquistarla. Me hizo desarrollar todos mis dotes de galán para lograr verla una noche. Sí, se hacía "la difícil" y lograba hacerme creer que no le interesaba. Sin embargo no me dejé engañar del todo, la sorprendía con algunas de todas aquellas cosas que las mujeres quieren encontrar en un hombre y que las hacen derretir; le llevaba flores a su apartamento y se las dejaba en la puerta horas antes de su regreso; en ocasiones le dejaba, escondido en su bolso, alguna nota en la que le decía lo que estaba sintiendo, para que la encontrara mientras buscaba sus llaves, o que se yo, alguna cosa que perdía en su desorden. En ocasiones, gracias a su hermana, pude entrar en su apartamento para sorprenderla con una cena inesperada; en otras ocasiones iba a cosas más básicas y simplemente adornaba la mesa con una vela y dos copas para tomar el vino y hablar hasta largas horas de la noche. Mucho podría seguir contando de lo que hice, pero no quiero adularme.
El tiempo pasó, Sara y Yo nos conocimos mejor, fuimos novios y luego nos hicimos amantes. Sí, amantes. Me dejé llevar por el deseo, por su cuerpo y por el juego en el que me envolvió. No quería nada más de ella; sólo buscaba la más pequeña oportunidad para verla a escondidas y enredarme entre sus piernas, noches enteras, hasta el cansancio; perdí toda la galantería que le ofrecí al principio y me convertí en una máquina. Sara sintió el desencanto, las conversaciones se tornaron sosas y lentas. Nuestras citas se convirtieron en el ir y venir de una pareja acostumbrada, más que enamorada, que pasaban los fines de semana encerrados frente a un televisor, o que salían a comer o de compras, cogidos de la mano, pero con un paso lento como si hubieran perdido el ímpetu y las ganas de salir corriendo juntos o llevarse el mundo por delante.
Yo veía como su sonrisa se iba borrando con el paso de los días y comenzaba a sentir el vacío y la presión de alma cuando las cosas dejan de ir bien, sin embargo, poco hice para reconquistarla; comencé a perderme en los momentos pensantes y en los silencios del alma mientras la veía. Me iba tardes enteras a sentarme en la banca donde nos conocimos a tratar de descirar nuestro desencuentro.
Sin embargo, como nunca, hasta entonces, mi mente y mi corazón sintieron la chispa que ella generabaen mi, a mi mente vinieron miles de ideas para buscar algo nuevo, y dejar de automatizarme con ella. Me di cuenta a tiempo del desencanto, de la pérdida, y comencé a desesperar. Traté de reconquistarla por todos los medios. Busqué maneras de llenar sus espacios con sorpresas, con nuevos planes; la recogía en su casa para hacer viajes por fuera de la ciudad o la sorprendía con flores, cartas y hasta con una avioneta pasando en frente de su casa, con un aviso en el que... sí, le declaraba mi amor.
Creo que eso fue lo que realmente cambió todo. Jamás había sabido de el poder que tiene decir "te amo", porque lo descubrí y no había encontrado algo tan poderoso. Me di cuenta y, por fin, fui consciente de que estaba invadido por ese sentimiento, no todo se trataba de ella, se trataba de mí; saber que "estabamos" en peligro de perdernos, me sirvió para descubrir ese sentimiento de manera real. Saber que la amaba, cambió mi vida.
Sara, a diferencia de las mujeres que han pasado por mi vida, tenía un encanto especial al hablar; era perfecto como sus palabras fluían y se organizaban de manera que escondía sus encantos y sus coqueteos detrás de las frases más simples. Yo, que al principio creí dominar el arte de encantar con el habla, me di cuenta que ella era una competencia digna y me dejé llevar por su juego. Aquello me recordó que aun faltaba mucho por conocer de ella; el convencimiento de la primera vez que nos vimos había desaparecido y por momentos me hacía pensar que era yo quien hizo casi todo para conocerla y ahora me encontraba tratando de conquistarla. Me hizo desarrollar todos mis dotes de galán para lograr verla una noche. Sí, se hacía "la difícil" y lograba hacerme creer que no le interesaba. Sin embargo no me dejé engañar del todo, la sorprendía con algunas de todas aquellas cosas que las mujeres quieren encontrar en un hombre y que las hacen derretir; le llevaba flores a su apartamento y se las dejaba en la puerta horas antes de su regreso; en ocasiones le dejaba, escondido en su bolso, alguna nota en la que le decía lo que estaba sintiendo, para que la encontrara mientras buscaba sus llaves, o que se yo, alguna cosa que perdía en su desorden. En ocasiones, gracias a su hermana, pude entrar en su apartamento para sorprenderla con una cena inesperada; en otras ocasiones iba a cosas más básicas y simplemente adornaba la mesa con una vela y dos copas para tomar el vino y hablar hasta largas horas de la noche. Mucho podría seguir contando de lo que hice, pero no quiero adularme.
El tiempo pasó, Sara y Yo nos conocimos mejor, fuimos novios y luego nos hicimos amantes. Sí, amantes. Me dejé llevar por el deseo, por su cuerpo y por el juego en el que me envolvió. No quería nada más de ella; sólo buscaba la más pequeña oportunidad para verla a escondidas y enredarme entre sus piernas, noches enteras, hasta el cansancio; perdí toda la galantería que le ofrecí al principio y me convertí en una máquina. Sara sintió el desencanto, las conversaciones se tornaron sosas y lentas. Nuestras citas se convirtieron en el ir y venir de una pareja acostumbrada, más que enamorada, que pasaban los fines de semana encerrados frente a un televisor, o que salían a comer o de compras, cogidos de la mano, pero con un paso lento como si hubieran perdido el ímpetu y las ganas de salir corriendo juntos o llevarse el mundo por delante.
Yo veía como su sonrisa se iba borrando con el paso de los días y comenzaba a sentir el vacío y la presión de alma cuando las cosas dejan de ir bien, sin embargo, poco hice para reconquistarla; comencé a perderme en los momentos pensantes y en los silencios del alma mientras la veía. Me iba tardes enteras a sentarme en la banca donde nos conocimos a tratar de descirar nuestro desencuentro.
Sin embargo, como nunca, hasta entonces, mi mente y mi corazón sintieron la chispa que ella generabaen mi, a mi mente vinieron miles de ideas para buscar algo nuevo, y dejar de automatizarme con ella. Me di cuenta a tiempo del desencanto, de la pérdida, y comencé a desesperar. Traté de reconquistarla por todos los medios. Busqué maneras de llenar sus espacios con sorpresas, con nuevos planes; la recogía en su casa para hacer viajes por fuera de la ciudad o la sorprendía con flores, cartas y hasta con una avioneta pasando en frente de su casa, con un aviso en el que... sí, le declaraba mi amor.
Creo que eso fue lo que realmente cambió todo. Jamás había sabido de el poder que tiene decir "te amo", porque lo descubrí y no había encontrado algo tan poderoso. Me di cuenta y, por fin, fui consciente de que estaba invadido por ese sentimiento, no todo se trataba de ella, se trataba de mí; saber que "estabamos" en peligro de perdernos, me sirvió para descubrir ese sentimiento de manera real. Saber que la amaba, cambió mi vida.

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